El extraño visitante

Francisco Gómez Martín
Letrado

Como cada tarde laboral de julio, me dirigí al despacho a eso de las cinco, retando aquello de los “37 grados” que cantaba Radio Futura, aún a sabiendas de que en estas fechas es raro que se deje alguien caer por allí tan temprano, y no es hasta al menos las siete o más cuando empiezan a aparecer, si es que aparecen, los clientes.

Así que, cuando apenas pasados unos minutos de la indicada hora taurina, escuché pasos en la escalera, no puede evitar extrañarme y pensar que quién era el o la valiente que había osado desafiar a mi admirado Auserón. Además, para mayor intriga mía, los pasos sonaban raros, distintos, e iban acompañados de un sonido estremecedor, hasta tal punto que mi intriga se transformó en preocupación primero, y en temor contenido después, por lo que en un acto instintivo cogí el móvil para llamar a mi compañero y preguntarle si tardaría mucho en llegar.

Pero los nervios me jugaron una mala pasada, terminando el teléfono por el suelo y yo agachado debajo de la mesa intentando cogerlo, por lo que cuando por fin pude volver a mi sillón ya era demasiado tarde. El extraño visitante se encontraba ya dentro de mi despacho (¡maldita costumbre de dejar siempre la puerta abierta!), al otro lado de la mesa, de pie, desnudo y visiblemente asustado.

Intentó hablar, pero de su boca sólo salieron sonidos que a mí me fue imposible entender, no sé si fruto de mi nerviosismo o porque realmente eran del todo desconocidos, así que tomó uno de los bolígrafos que tenía encima de mi desordenada mesa y en uno de esos pequeñitos adhesivos de papel del mismo color de su piel escribió tres palabras: “AYUDA. ME PERSIGUEN”.

Antes de que me diese tiempo a reaccionar, entraron tres niños con sus dispositivos móviles en sus manos, y al ver a mi extraño visitante exclamaron al unísono “¡ahí está!”, apuntando con sus terribles ‘armas’ hacia él, y en el tiempo que tardé en pestañear, desapareció de mi vista, mientras uno de los tres expertos cazadores gritó exultante “¡lo tengo!”, girándose luego sobre sus pasos y desapareciendo de mi vista con la misma velocidad con la que habían llegado unos segundos antes.

Cuando llegó mi compañero, me encontró sentado en mi sillón, aún absorto, sobrecogido. Tanto, que se asustó al verme, si bien el susto se transformó automáticamente en carcajada cuando, al preguntarme que me pasaba, le contesté: “Acaban de cazar un pokemon en mis narices y no he hecho nada por evitarlo”.